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lunes

Carta de nuestro Obispo

Apertura de la Adoración Perpetua de la Santísima Eucaristía en nuestra Centenaria Diócesis de Catamarca

Muy queridos Sacerdotes, Consagrados, Seminaristas, Autoridades civiles y laicos.

Durante este año 2010 nuestra Diócesis recibió gracias abundantes que nos enriquecieron personal y comunitariamente. Por ello, por medio de esta carta quiero impulsarles y animarles, amados sacerdotes, consagrados y laicos, para que juntos nos comprometamos vigorosamente a ser difusores y protagonistas de esta gracia tan grande que es la Adoración Perpetua de la Santísima Eucaristía, gracia que Dios concede a nuestra Diócesis en el marco de estar cumpliendo sus primeros cien años. El 21 de Noviembre, fiesta de Cristo Rey, se dará inicio la Adoración Perpetua, en la Capilla de las Hermanas del Buen Pastor, a las que agradezco su disponibilidad y el nuevo servicio que prestan a la Diócesis.

La Adoración Perpetua: gran riqueza para la sociedad

¡Qué fuerza y qué profundo mensaje de esperanza tiene esto para el tiempo actual, árido y duro, que atravesamos!, en que el hombre trata de prescindir de Dios y saciarse de bienes efímeros como el bienestar a toda costa, el disfrute como criterio supremo, el dinero como solución y remedio para todo, y así otros tantos "panes terrenos" que desvían el camino hacia el cielo.

¡Esto sí que cambia el mundo! ¡Esto sí que es una verdadera revolución con futuro para el hombre! ¡El futuro está en la Eucaristía, porque Cristo es el único futuro! No sólo centro de la historia de la Iglesia, sino también de la historia de toda la humanidad. Todo se recapitula en Él… Él es el centro del género humano, el gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones.

Para nosotros la adoración es un elemento básico de la relación con Dios. Dios quiere que le adoremos de corazón, reconociendo su total soberanía, dispuestos siempre a escucharle y a hacer su voluntad, sometiéndonos plenamente a su poder soberano.

La adoración es parte integrante y fundamental de toda oración. Orar es establecer una relación de amistad con Dios. La oración es posible porque Dios sale a nuestro encuentro y nos invita a establecer una íntima relación con Él. Dios se revela a sí mismo cuando nos habla, aunque para nosotros su Ser permanezca siempre inabarcable e incomprensible. ¡Es el todopoderoso!

Adorar en espíritu y en verdad

Jesús nos enseñó a orar y a adorar al Padre con su palabra y sobre todo con su ejemplo. Con frecuencia daba gracias al Padre y confesaba su omnipotencia. Nos manifestó y manifiesta la bondad del Padre que nos ama siempre y cuida de nosotros con solicitud y providencia (cf. Mt 5 ss). El Hijo de Dios hecho hombre, es desde su encarnación en su misma persona la más perfecta revelación de Dios. Él vive cercano a los hombres, revestido de humildad y del poder en el Espíritu y anuncia la buena noticia de la salvación a los pobres y pequeños…

La adoración es reconocimiento de la grandeza de Dios y de nuestra pequeñez como criaturas ante la presencia del Creador de todo cuanto existe y de nosotros mismos; es oración de alabanza y de glorificación de la Majestad de Dios; es oración que nos transforma convirtiéndonos a una vida nueva.

Adorar es reconocer la grandeza única y trascendente de Dios. Sólo Dios es digno de adoración (cf. Mt 4,10). Es intrínsecamente imposible adorar a algo o alguien que por su naturaleza dependa de la omnipotencia creadora de Dios, pues “adorar” es, precisamente, reconocer la grandeza única de Dios y la omnipotencia de Aquel que se adora; ello encierra la total sumisión del hombre frente a Él.

Nuestro Papa Benedicto XVI ha subrayado la importancia de la adoración en la vida cristiana: “Sed adoradores del Único y verdadero Dios, reconociéndole el primer puesto en vuestra existencia… La adoración del Dios verdadero constituye un auténtico acto de resistencia contra toda forma de idolatría.
…Adorad a Cristo: El es la Roca sobre la que debemos construir vuestro futuro y un mundo más justo y solidario. …Jesús es el Príncipe de la paz, la fuente del perdón y de la reconciliación”.

En la auténtica adoración nos guía el Espíritu Santo (cf. Rm 8, 15-17). Jesús oraba movido por el Espíritu Santo. Su oración era reconocimiento de la grandeza de Dios, sometiéndose a la voluntad de su Padre, confiando plenamente en su amor. Por eso, la adoración tiene como necesarios ingredientes la fe, la confianza, el amor y la humildad y ésta ha sido una constante a lo largo de la historia de la Iglesia.

La Eucaristía: regalo de Dios a la Iglesia

La Iglesia recibe la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre muchos, sino como el don por excelencia, porque es don de Sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues "todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos...”.

La grandeza de la Adoración consiste en estar en el corazón de la Iglesia, porque la Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana. Todo culto eucarístico está íntimamente vinculado con la celebración de la Eucaristía, y ha de vivirse en conexión y como prolongación de la celebración misma. Ello nos lleva a afirmar que la “adoración eucarística no es un momento extra-celebrativo, sino más bien una dimensión de cualquier acercamiento al misterio eucarístico como tal”, partiendo del mismo momento celebrativo.

El culto eucarístico no se circunscribe a la celebración de la Misa, sino que se extiende en el tiempo y en el espacio por la real presencia de Jesús bajo las especies sacramentales. En la Eucaristía está Jesucristo, Dios y hombre verdadero; es más: la Eucaristía es Jesucristo mismo, está Dios mismo que sale a nuestro encuentro, que nos llama y nos espera, que se nos ofrece en comida para unirse con nosotros, que pide y merece nuestra adoración.

La adoración eucarística no es puro sentimiento vacío ni intimismo espiritual, sino expresión viva y vivida de la fe en el «misterio de la fe», en la presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía. Existe un lazo intrínseco entre la celebración de la Eucaristía, la comunión y la adoración, nos ha recordado Benedicto XVI, que cita la enseñanza de san Agustín: "Nadie come de esta carne sin antes adorarla..., pecaríamos si no la adoráramos”.

En la Eucaristía está real y permanentemente presente el Señor. En ella, Dios nos comunica su gracia, como en el resto de los sacramentos; pero además -y esto es lo distintivo de la Eucaristía- encierra de un modo estable y admirable al mismo Autor de la gracia. “Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe conque cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad".

Para llevar a cabo y promover rectamente nuestra piedad hacia el santísimo sacramento de la Eucaristía hemos de “considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa, como en el culto a las sagradas especies”. El Siervo de Dios, Juan Pablo II, nos lo recordó con toda claridad: “No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia".

La Eucaristía aplica a los hombres de todos los tiempos la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas. En efecto, “el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, un único sacrificio”. Ya lo decía elocuentemente san Juan Crisóstomo: "Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el sacrificio es siempre uno sólo... También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces y que jamás se consumirá”.

Existencia eucarística del adorador

Toda la vida ordinaria del adorador debe estar sellada por el espíritu de la Eucaristía, ha de estar marcada por el intento de ser una existencia eucarística. Los adoradores han de procurar que su vida discurra con alegría en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y resurrección del Señor. Así, cada uno procure hacer buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano, y también proponiéndose llegar a ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana.

La adoración de la Eucaristía pide hacer de nuestra vida una ofrenda permanente, es decir ofrecer con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo.

El Evangelio nos narra una y otra vez cómo quienes se acercan a Cristo, reconociéndole como el Salvador de los hombres, se postran primero ante Él en adoración y, desde una humilde actitud, le piden gracias para sí mismos o para los demás. Acercándose a Jesús, la mujer cananea se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame! (cf. Mt 15,25). Y obtuvo la gracia pedida.

En la adoración eucarística disfrutamos de la cercanía del Señor, y de un trato íntimo con Él. Es éste uno de los aspectos más preciosos de la adoración eucarística, uno de los más acentuados por los santos y los maestros espirituales, que citan las palabras del Apocalipsis: "mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20).

La nueva evangelización y la importancia de la adoración

La falta de adoración en la religiosidad de los cristianos y de las comunidades es una señal de que algo grave falla en la fe. En toda oración debe ocupar un espacio importante la adoración, la alabanza, la glorificación, el reconocimiento de la grandeza de Dios, la aceptación de su voluntad y el reconocimiento de nuestros pecados y deficiencias.

El principal resorte para la evangelización es el encuentro con Dios. Reconocer que es Él quien salva y no nuestras fuerzas. Dios sale a nuestro camino para denunciar nuestros pecados y nuestra vanidad y corregirnos, para invitarnos a convertirnos a Él, a reconocerle como el único que puede darnos la plenitud de vida que todos buscamos y que casi siempre está lejos de nuestros proyectos. Dios es el Amigo fiel y todopoderoso, que quiere salvarnos por puro amor, porque nada podemos darle que, antes, no nos lo haya dado Él. Es la fuente de donde podemos beber siempre el agua viva que quita la sed y hace nacer de nosotros surtidores de gracia para los hermanos. ¡Mis hemanos, en el Señor, podemos encontrar lo que tantas veces buscamos en fuentes contagiadas y efímeras! Por ello cantamos con el salmista: " ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?" (Sal 115, 12). Adorar la Eucaristía será entonces el camino e impulso hacia la Nueva evangelización y lo que nos capacitará para ser de verdad ‘discípulos-misioneros’.

La Eucaristía: Don de vida para el mundo

Nada necesita nuestro mundo con más urgencia que a Jesucristo, el único que puede dar respuesta a los grandes problemas: las adicciones, el aborto, las desigualdades, la violencia, la decadencia familiar, la soledad, la angustia de tantos conciudadanos nuestros y el enigma misterioso del dolor y de la muerte.

La secularización, la pérdida del sentido de Dios y la disminución o la pérdida de la esperanza en la vida eterna, es, sin duda, la tentación principal del hombre actual; y también de los cristianos. ¡Sí!, al hombre y mujer de hoy les cuesta adorar. Por eso, “la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico”, porque ésa es, sin duda, la devoción que con más fuerza levanta el corazón de los fieles hacia Dios a través de su Hijo, presente en el sacramento eucarístico, y hacia la patria celestial definitiva. Hoy Dios está excluido e incluso expulsado de la vida pública y tratan de expulsarlo de la conciencia de todos los hombres. El silencio de Dios, sin embargo, antes o después se vuelve contra el hombre y produce una honda quiebra moral, que desemboca en una profunda y muy grave quiebra de humanidad. Es cierto, que el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona: el alejamiento de Dios lleva consigo la pérdida de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana...

Nada necesita nuestro mundo con más urgencia que a Jesucristo, fuente de sentido para el hombre, manantial de firmeza, de seguridad y consistencia para su vida. Él es, como nos dijo el Concilio Vaticano II, "el centro de la humanidad, el gozo del corazón humano y la plenitud total de sus aspiraciones" (GS 45). La adoración no admite demoras ni esperas. Nada nos debe distraer de esta tarea fundamental.

Exhortación final

No me cansaré de recordarles: ¡La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico! Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración y en la contemplación, de modo que reparemos las faltas y los pecados del mundo. ¡Que no cese nunca nuestra adoración! Con un poco del tiempo de cada uno de los adoradores ofreceremos un gran servicio al hombre de hoy, a nuestra Iglesia centenaria y a nuestra Patria Bicentenaria.

Adoremos, pues, al mismo Cristo, presente en la Eucaristía, "el misterio de nuestra fe". Adorémosle de todo corazón. Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. ¡Que la adoración eucarística fuera de la Misa sea preparación o prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía! ¡Quiera Dios que la adoración eucarística se extienda cada día más en nuestra Iglesia! La Eucaristía es su centro, su fuente y su cima. La Eucaristía es lo que hace la Iglesia. Solamente una Iglesia que adore al Señor, que tenga verdaderamente adoradores, será una Iglesia con vida, capaz de ofrecer a Dios, este mundo tan necesitado de Dios. Sin Dios no hay posibilidad de edificar una humanidad con cimientos sólidos. Hagamos nuestras las palabras del canto: “Dios está aquí. Venid adoradores, adoremos al Señor”. Permaneciendo ante el Señor en adoración y contemplación dejémonos empapar y modelar por su amor, abrámosle nuestro corazón por nosotros mismos y por todos los nuestros. Pidámosle por nuestra Iglesia, por su unidad, su vida y su misión, por la santificación de los sacerdotes y por nuevas vocaciones al sacerdocio. Pidámosle por la paz, la justicia, el trabajo, la vida, la concordia y por la salvación del mundo.

El que tenga oídos que oiga lo que, hoy, les digo y de la seriedad que esto entraña: sin la Eucaristía no somos cristianos, ni permaneceremos cristianos. Sólo una Iglesia fuertemente eucarística, sólo unos fieles cristianos que se alimenten de la Eucaristía, que vivan de la Eucaristía, es decir, de Cristo y permanezcan en Él, unidos a Él, serán una comunidad viva y valiente, con capacidad para aportar la dosis de verdad, amor, libertad, paz, honestidad, civismo, ciudadanía, responsabilidad, educación, unidad, religiosidad, etc., a un mundo que languidece, perece y muere, precisamente por no apoyarse en Dios.

Queridos hermanos, en nuestra diócesis, están llamados a vivir y a ser adoradores, a difundir y a proclamar que Cristo, el Señor, está en medio de nosotros, Él nos espera: ¡VAMOS A ADORARLE!

Que María, en su advocación del Valle, la Madre de Jesús y Madre nuestra, nos alcance de su Hijo sentir y dimensionar su amor infinito en el Sacramento de la Eucaristía, nos comunique la fuerza de su amor y nos convierta en generosos y alegres misioneros.


Mons. Luis Urbanč
8º Obispo de Catamarca